A quién te pareces

A quien te pareces

¿Te has preguntado alguna vez a quién te pareces? A tu padre, a tu madre, a los dos. ¿De quién has heredado más rasgos? ¿Puede evitarse la transmisión de patrones?

Podemos ser conscientes de la herencia genética que recibimos, pero es necesario un trabajo y una toma de consciencia, además de una aceptación. Resulta demasiado fácil decir: yo no me parezco en nada a ellos y luego repetir sus patrones sin enterarnos.

Cuando repetimos a nuestros hijos que es preciso pedir las cosas por favor y dar las gracias, éste hábito puede convertirse fácilmente en un patrón (de agradecimiento), que habremos transmitido de forma consciente y que la siguiente generación sabrá que se lo hemos inoculado.

Pero también podemos referirnos a patrones transmitidos y recibidos de forma inconsciente. 

Si le prohíbo a mi hija conectarse a Internet sin supervisión, saltar porque podría hacerse un esguince o participar en cualquier actividad que entrañe, desde un punto de vista muy estricto, un mínimo peligro, es probable que la convierta en una miedosa. Si adquiere el patrón del miedo, disfrazado de prudencia, es fácil que el día de mañana repercuta en sus actividades diarias y ella acabe disfrazando (con argumentos “lógicos”) su temor a iniciar una actividad desconocida.

La transmisión de patrones podría compararse con un virus informático, que llega a nuestro ordenador y a menudo es transmitido a través de la libreta de direcciones a personas allegadas sin que siquiera lo sospechemos. Es decir, el emisor traspasa el patrón sin darse cuenta, a través de su forma de ser y de comportarse. Es más, en numerosas ocasiones, si supiera que lo está transmitiendo, es probable que hiciera lo imposible por evitarlo.

Imaginemos a una persona mal hablada, puede transmitir a sus hijos un patrón de mala educación o de falta de respeto (quizá la finalidad oculta e inconsciente es que ellos comprendan lo importante que resulta respetar a los demás). Tal vez sus retoños también se vuelvan soeces o reproduzcan el esquema de comportamiento de forma distinta, burlándose de los que les rodean, siendo cínicos o desarrollando un sentido del humor hiriente. En este caso, si los hijos repitieran exactamente las mismas palabrotas que sus padres, se podría estar hablando de un hábito, una simple reproducción de una costumbre adquirida, pero si transforman esa violencia verbal en otro tipo de falta de respeto, podemos estar ante un patrón heredado.

Carmen creció con el trauma de pensar que a su hermana mayor siempre la trataron mejor que a ella, que hubo una clara discriminación entre las dos y que le tocó el papel perdedor. Con esa herida a cuestas, se hizo el firme propósito de evitar que ese comportamiento se repitiera en su camada. La vida la obsequió con un niño y una niña con cuatro años de diferencia. Fue tal su obsesión por tratarlos equitativamente que olvidó la distancia (en edad) que los separaba, por lo que la pequeña se hizo mayor antes de tiempo.

Carmen se quedó de piedra cuando, al cabo de los años, su hija pequeña le reprochó haberse sentido discriminada por tener la obligación de comportarse como si fuera mayor. A Carmen le costó darse cuenta, y sobre todo aceptar, que había endosado a sus hijos el mismo patrón que ella había heredado de sus padres y que odiaba: la discriminación.

Es importante puntualizar que el patrón nunca se inculca, sino que se transmite. El receptor captará la esencia de lo que su padre o su madre es, aunque coincida poco con lo que anhela o proclama ser. Además, cuando un hijo absorbe una información de sus padres, puede asimilarla a su carácter sin que se transforme forzosamente en un esquema de comportamiento.

La recepción de esquemas de comportamiento también suele ser inconsciente, entran a formar parte de nuestra rutina cotidiana sin advertirlo. En ocasiones una persona nos comenta: “te pareces mucho a tu madre” y la observamos con cara de póquer, dispuestos a descubrir si lo ha dicho como un piropo o con ánimo de crítica, pensando, a menudo, que se refiere a aspectos físicos.

Otras veces aceptamos como patrones recibidos algunos rasgos característicos, que son considerados positivos, como la generosidad, la alegría, la sensibilidad... Pero nos negamos de forma sistemática a reconocer perfiles que podrían herir nuestra sensibilidad en caso de aceptarlos como propios, como la negatividad, el victimismo, la falta de puntualidad... Es fácil enorgullecerse cuando alguien nos dice: “tienes la valentía y el arrojo de tu padre/madre”, en cambio nos disgusta oír: “has heredado el despotismo de tu padre/madre”.

Por otro lado, resulta difícil pensar en la posibilidad de recibir un patrón de forma consciente, dado que hablamos de una tendencia inmaterial, de una peculiaridad de la personalidad humana que captamos a través de un comportamiento, de unas emociones. Sin duda, podemos intentar emular a nuestros mayores (y en más de una ocasión lo conseguimos), tratar de captar la esencia de sus virtudes, pero en este caso resulta más correcto hablar de la formación de la personalidad, de la búsqueda de actitudes positivas, (para más información sobre actitudes positivas, puedes leer mi libro: Tú Decides ), que de patrones propiamente dichos.

Ahora bien, la pregunta del millón es la siguiente: ¿Cómo puedo evitar la transmisión de patrones? La recepción en sí no puede evitarse, porque te llega de forma inconsciente. Lo que sí puedes evitar es desarrollar ese patrón y comportarte en consecuencia.

Por ejemplo, si tomas consciencia que tu padre era un maniático en algunas actitudes y que tú también lo eres en otras, lo correcto es que empieces a trabajar para dejar atrás tus manías. En lugar de perder el tiempo negando que las tienes. Si tus progenitores te transmitieron miedos y ahora los sientes en tu vida, trabajarlos ahorrará a tus hijos tener que vivirlos.

La clave, como en la mayor parte de las situaciones de la vida, estará en la toma de consciencia, seguida de un cambio en nuestra actitud.

Tristán Llop

 

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